domingo, 20 de abril de 2008

La nave de los necios


Stultifera navis

Un humanista de Estrasburgo, Sebastián Brant (1458-1521) había publicado en 1494 un poema satírico en verso alemán titulado LA NAVE DE LOS NECIOS (Narrenschiff), que inmediatamente alcanzó una boga enorme. Todas las clases sociales: eclesiásticos, universitarios, jueces, nobles, mercaderes, labradores, etc., embarcan en la nave que les ha de conducir al reino de la locura (Narragonien).

A cada uno de los embarcados es dedicado un capítulo en el que crudamente se ponen de relieve vicios, estupideces y maldades, impresionante galería satírica de la sociedad que sugiere los Diálogos de los muertos, de Luciano y la Danza de la Muerte medieval, con la mordaz alegría y la burla agria de los carnavales germánicos.

Tras la ficción se advierte la clara e intencionada actitud de Sebastián Brant, que siente toda la tragedia de su tiempo, y que prevé las ya tan próximas luchas de religión, y que busca la salvación de un mundo presa de la locura en los puros principios cristianos dentro de la ortodoxia católica.


El libro está realizado a modo de moderno cuaderno de bitácora con capítulos independientes, donde va analizando a cada uno de sus necios.

Ilustraciones de Durero y Haintz Nar Meister

viernes, 18 de abril de 2008

Disculpa del poeta

Es un gran necio y un gran ignorante quien paga a los trabajadores antes de acabar; no puede triunfar honradamente en el mercado el que no trabaja para un pago futuro. Muy raramente se merece el salario que previamente ya se ha comido. Por ello, se me habría pagado de antemano para que hubiera tratado bien a los necios: habría hecho poco caso a ello; además ahora ya estaría consumido el dinero, si no me hubiera proporcionado más seguridad, porque todo lo que existe sobre la tierra, es considerado como inútil necedad. Si hubiera hecho este libro por dinero, me temo que no habría recibido gran recompensa; hace tiempo que lo habría dejado ya; pero no lo dejé: por la honra de Dios y el provecho del mundo lo hice, no he visto ni favor ni dinero ni ningún otro bien temporal, lo cual Dios bien me puede atestiguar, pero sé que no puedo quedar totalmente sin castigo por mi libro. De los buenos quiero aceptar su crítica y objeciones, aprender; ante Dios puedo atestiguar: si hay algo aquí en lo que miento, o que sea en contra de la doctrina de Dios, de la salvación del alma, de la razón y la honra, soportaré con paciencia el reproche; no quiero tener culpa en la Fe, y pido a todos que se tome por bueno y no se interprete como malo, ni se saque de ello enfado o escándalo, pues ¡para eso no lo escribí! Pero sé que me sucede igual que a la flor que hermosamente florece; de ella la abejilla saca miel, pero, cuando sobre ella viene una araña, busca ésta el veneno para su provecho. Esto tampoco se deja de hacer aquí; cada cual obra según su forma de ser. Donde no hay nada de bueno en una casa, no se puede sacar algo bueno fuera. Quien no guste oír la verdad, se quejará de mí con tanta mayor frecuencia, y en sus palabras se oirá qué clase de bufón es.
He visto a más de un necio que se levantaba derecho y erguido de orgulloso como el cedro del Líbano, que se creía libre de necedad, pero, cuando esperé un poco, se le había ido la jactancia, tampoco se podía encontrar el lugar donde este necio había vivido. ¡Quien tenga oídos, que se fije y oiga! Yo callo: el lobo no está lejos de mí. Un necio critica a muchos antes de tiempo, no sabiendo lo que a éstos hace daño. Si cada uno tuviera que ser la espada del otro, se daría cuenta pronto de lo que le aprieta. Quien quiera, que lea este libro de los necios, yo sé bien dónde me aprieta el zapato; por ello, cuando me quieren criticar y dicen “médico cúrate a ti mismo, pues tú eres también de nuestra banda”, yo sé y confieso a Dios que he cometido muchas necedades y tengo que ir en la orden de los necios; por fuerte que tire de la caperuza, nunca me abandonará. Pero he empleado mucha aplicación y seriedad, de manera que, como ves, han aprendido que yo ahora conozco a muchos necios y tengo deseo, si Dios quiere, de mejorarme con el tiempo, mientras Dios me conceda su Gracia. Cada cual mire de no equivocarse, de que no se le quede el rastrillo; la clava se hace vieja en su mano; adviértase esto a todos los necios.
Así concluye Sebastián Brant, que la sabiduría a todos aconseja, sea quien sea y esté donde esté. ¡Ningún buen trabajador lega demasiado tarde!

jueves, 17 de abril de 2008

De los necios del carnaval

Conozco aún a algunos necios del carnaval que persisten en la capa de los necios. Cuando comienza el tiempo sagrado, molestan a todo el mundo: una parte se tizna completamente la cara y disfraza por entero su cuerpo, y corre por ahí a modo de fantasma. Su plan está sobre una fina capa de hielo. Muchos no quieren que se les reconozca, pero a la postre ellos mismos se llaman por su nombre; aunque sus cabezas están tapadas, quieren que se les preste atención, que se diga: “Mira, el señor de Runkel. Viene y lleva del brazo a una moza; tiene que significar algo importante el que venga aquí a la gente pobre, tan misericordioso, para visitarnos.” Pero sólo quiere tratar de menospreciarnos, ponernos un huevo en carnaval, que cante “cucú” en mayo. Buñuelos se ofrecen en muchas casas, aunque mejor sería quedarse fuera; contar las causas es tan largo, que prefiero callarme. Pero la necedad ha ingeniado que se busque alegría en carnaval; cuando se debería cuidar de la salvación del alma, los necios dan la bendición y buscan su fiesta cuando es casi noche delante de la puerta. Es bien conocida la consagración de la iglesia que hacen los necios, con razón se llama “muy de noche”. Se corre con bullicio por las calles entre la suciedad, como si hubiera que coger abejas; y el que se comporta con mayor locura, piensa que se merece la corona. Corren de casa en casa y se llenan bien sin comprarlo con dinero; esto dura a menudo hasta medianoche: ¡el demonio ha inventado este juego! Cuando se debería buscar la salvación del alma, se danza en la cuerda de los necios. Muchos se olvidan cuando están llenándose, como si no fuerana comer en todo un año, y no se contentan con llenarse hasta maitines. La comida prohibida no causa preocupación: se come hasta que se hace de día.
En verdad, hablo, asevero y digo que ni los judíos, los paganos y los gitanos tratan con tanto escarnio su Fe como nosotros, que queremos sr cristianos y demostramos muy poco con nuestras obras, pues, antes de que empiece la devoción, nos pasamos primero tres o cuatro noches de carnaval, faltándonos todo sentido, y esto dura todo el año. Cortamos la cabeza de la cuaresma para que tenga menos fuerzas.
Pocos se acercan a la ceniza, para recibirla con devoción; temen que la ceniza vaya a morderlos; prefieren embadurnarse la cara y ponérsela negra como el carbón; la señal del demonio les gusta mucho, no quieren tener la señal de Dios, no quieren resucitar con Cristo. Las mujeres gustan de ir a las calles, tanto más ser ensuciadas; algunos no respetan las iglesias, se corre en ellas de un lado para otro y se embadurna allí a las mujeres; esto se tiene por costumbre fina. Bandas zafias traen al borrico, con él recorren toda la ciudad. Después se invita al baile y al torneo, ahí hay que romper las lanzas y reunir a muchos necios. Campesinos y artesanos no se avergüenzan y participan también en el torneo, aunque muchos no saben cabalgar; y así recibe más de uno una lanzada, que le parte el cuello o la espalda: ¡esto se tiene por una broma cortés! Después se llenan de vino; de ayunar nadie puede hablar. Esto sigue durante catorce días, algunos ayunan completamente al final, la Semana Santa apenas lo puede cambiar. Se van a confesar cuando tocan las tablas de madera, y así empieza su arrepentimiento. Por la mañana ya se quiere seguir, colgar más a la cuerda de los necios; todos tenemos prisa por ir a Emaús. Los bollos consagrados no nos saben bien, no se quiere cubrir más la cabeza, pues fácilmente podría levantarse un viento que podría quitar el velo a las mujeres y dejárselo colgado en el siguiente seto. A las mujeres no les gusta cubrirse, así excitan a los hombres y a los muchachos; prefieren llevar la caperuza de los necios para poder estirar las orejas a cubrirse con los velos.
De ello puedo concluir, aunque a algunos les moleste, que, donde se busca solo carnal, nunca puede salir devoción. Pero, según nos comportamos con Dios, así no deja Él a menudo hasta la muerte. La capa de los necios trae miedo y penalidades, y no puede estar quieta: ahora se pone incluso en la abstinencia y en la Semana Santa.

martes, 15 de abril de 2008

De las malas costumbres en la mesa

En la mesa se cometen muchas groserías, que con razón se llaman necedades: de ellas quiero hablar para concluir.

Si trato de escudriñar hasta el final todas las necedades, debo colocar con justicia al final del libro a algunos que se tiene por necios, en los que no había pensado antes; pues, aunque cometen muchos abusos con los que la buena educación resulta escarnecida, y son groseros y maleducados, sin embargo no están tan completamente ciegos como para vulnerar la honradez, como los que coloqué delante, o como para olvidar a Dios; sólo que en el beber y en el comer son muy groseros y poco experimentados, de manera que se les llama necios descorteses. No se lavan las manos cuando se quieren sentar a la mesa, o, cuando se sientan a la mesa, quitan el sitio a otros que deberían sentarse antes que ellos; olvidan tanto la razón y la cortesía, que se les tiene que decir: ¡Eh! ¡Levántate, amigo, y deja sitio! ¡Deja sentarse a éste en tu lugar!”. O el que no ha rezado la bendición del vino y del pan antes de ir a la mesa; o el que echa mano el primero a la fuente y se lleva la comida al hocico, delante de respetables gentes, señoras y señores, que él debería honrar con sensatez, para que cogieran primero y él no lo hiciera delante de ellos. Él tiene también tantas ansias de comer, que sopla en la sopa y en el puré, e hincha los carrillos como si fuera a pegar fuego su granero. Muchos salpican el mantel y la ropa, y vuelven a poner en la fuente lo que tan groseramente se les ha caído, lo cual produce desagrado en todos los comensales. También algunos son tan vagos, cuando llevan la cuchara a la boca, que dejan abierto el hocico sobre la fuente plana u honda, y sobre el puré, de manera que todo lo que se les cae vuelve a la fuente. Algunos son tan sabios de nariz, que huelen primero la comida, y causan desagrado y escándalo a otra gente. Otros mastican en la boca y lo arrojan enseguida sobre el mantel, la fuente o el suelo, de modo que a algunos le entran náuseas. Al que ha comido un bocado y lo pone después sobre la fuente o al que se inclina sobre la mesa y mira dónde está la buena carne y en buen pescado, aunque esté delante de otro, echa mano y lo trae hacia sí deprisa, y deja un plato delante de él, sin pasárselo a nadie más… a ése se le llama cuervo zampón: en la mesa sólo se conoce a sí mismo, y además se esfuerza y aplica por comer él solo toda la comida y por llenarse él solo y no conceder lo mismo a los demás. A este mismo le llamo yo limpiacamino, engrasapanza, llenabarriga. Un mal compañero de mesa es éste y se le llama tragón, que no deja esa mala costumbre de que, cuando la bienaventuranza le concede buena comida, no la reparte con los otros. También el que se llena los carrillos como si los tuviera llenos de paja; y el que, al comer, mira en torno a sí a todas las esquinas, como un mono, y observa a cada uno con ansia, no vaya a ser que coma más que él, y, antes de que se meta un bocado, él mismo ya ha tragado cuatro o cinco; y, para que no le sobre nada, todavía se lleva los platos a casa; y, para que no olvide nada, mira cómo pude limpiar las fuentes. Antes de tragar la comida tiene que echar un trago de la copa, y se hace una sopa con el vino y mueve los carrillos, y se siente tan acuciado, que una parte le sale por la nariz o riega por completo a su vecino el vaso o la cara.
Nueve tragos de paloma y un poquito de papilla, éste es ahora el modo de beber. La boca sucia no se la limpia nadie: en la copa nada la grasa. No alabo el chasquear con la lengua al beber, que con ello se molesta a otra gente. Si se sorbe entre los dientes, esa manera de beber no es de buen tono. Más de uno bebe con tan griterío como si viniera una vaca del heno. Beber después era en un tiempo signo de distinción, pero ahora sólo se necesita el pellejo y el vino, para poder beber rápidamente delante: levanta la copa y dice a uno “a tu salud”, para que esa copa haga gluglu; piensa así que honra a los otros dando la vuelta a la copa. No necesito esa cortesía, que se me llene el vaso delante o que se me ofrezca beber; yo bebo para mí, y para nadie más: quien le gusta llenarse es una vaca.
También es un necio el que parlotea solo a la mesa, y no deja a nadie meter baza, sino que todos tienen que oírle a él lo bien que sabe parlotear. A ningún otro le concede la palabra, pero su propia palabra va contra todos y calumnia constantemente a muchos que no están presentes. También el que se rasca en la tiña y mira a ver si no encuentra un venado, de seis patas, con un escudo de Ulm, que después destripa en el plato y pasa los dedos por la fuente para hacer una sopa de uñas. También cuando se limpia la nariz y se frota los dedos en la mesa. Otros están tan bien educados, que se apoyan en los brazos y en los codos y mueven la mesa, se ponen encima a cuatro patas, como hizo la novia de Geispitzhain, que junto al plato puso su pierna, y, cuando se inclinó a coger el velo, se le escapó un pedo encima de la mesa; y dejó salir un regüeldo, que si no se hubiera ido con cubos y no hubiera abierto la boca, no le quedaría un diente. Algunos muestran tan finas maneras, que untan muy aplicadamente el pan con las manos sucias en la salsa de pimienta, para que esté verdaderamente bien untado.
Es una ventaja servir: el mejor trozo se mueve y lo que no me gusta se lo paso gustoso a otro, así se abre camino para que yo pueda tratar de conseguir lo mejor, mientras que el otro recibe lo que yo no quiero; lo mejor para mí, y yo me callo. Muchos me han servido, y hubiera deseado que no hubiesen tocado nada, para que me hubiera quedado lo que estaba delante de mí y me gustaba más. Más de uno anda maquinando y gira la fuente sobre la mesa para que lo mejor quede delante de él. He observado a menudo que muchos practican esas aventuras y ofrecen ayuda a sus intenciones para que su panza quede bien llena.
Así que en la mesa hay muchas costumbres extrañas; si las contara todas, escribiría una leyenda completa: cómo muchos silban en la copa, o meten los dedo en el recipiente de la sal, lo cual muchos consideran muy grosero; en verdad, alabo esto mucho más que el que se coja la sal con el cuchillo: una mano limpia es mucho mejor y más limpio que la hoja de un cuchillo que se saca de la vaina y que muchas veces no se sabe si se ha despellejado con él un gato. Como desatino se puede también considerar golpear y partir en dos los huevos, y otras bufonadas por el estilo, de las que ahora no quiero hablar, pues eso son costumbres finas, y yo escribo aquí sólo de groserías, no de cosas sutiles y finas; si no, podría escribir una Biblia, si tuviera que describir todos los desatinos que se realizan al comer. Asimismo, no presto atención a, cuando hay algo en el vaso, si se sopla con la boca o se coge con el cuchillo o con una rebanada de pan; aunque esto último es la costumbre más fina, considero que se puede hacer todo. Pero donde se considera bueno que se haga todo con la copa y se cambie ésta por otra limpia, como es la norma entre los ricos, no se tiene derecho a criticar; para pobres no es esta inofensiva costumbre: el pobre se contenta con lo que Dios le da y aconseja, no necesita cultivar costumbres refinadas.
Por último, dígase la bendición; y, cuando se ha saciado uno d beber y comer, se dice “Deo gratias”. Y a quien no cumple esta obligación, no le tengo yo por sabio, sino que con razón puedo decir que lleva puesta la capa de los necios.

lunes, 14 de abril de 2008

Difamación del bien

Muchos necios calumnian a todos y ponen al gato el cascabel, pero no quieren mantener su palabra.

Muchos estaban contentos por haber yo reunido a muchos necios, y sacan una provechosa enseñanza de cómo se pueden apartar de la necedad. Por el contrario, esto les parece mal a muchos otros, que piensan que les he dicho la verdad, pero que no me he atrevido a hablar públicamente, de modo que censuran la obra y ponen al gato el cascabel que está bien en sus propias orejas. El caballo sarnoso no aguanta tranquilo mucho tiempo cuando s le quiere almohazar. Paso prudentemente por alto que los necios me van a criticar pensando que no tengo derecho a censurarlos y a mostrar a cada uno lo que le molesta. Cada uno habla lo que le place, y se queja donde le aprieta el zapato. Al que no le guste este libro de necios, que lo deje correr. Yo no pido a nadie que lo compre, a no ser que quiera hacerse sabio con él y quitarse él mismo la capa, de la que he tirado mucho tiempo, pero que no se la he quitado por completo. Quien censura lo que no entiende, que compre este libro, que lo necesita, pues, en lo que entendió en él, cada cual encontró amor y afecto. Quien se atreve a contradecir la verdad y quiere ser sabio, es un necio.


Ilustración: Un necio ata un cascabel a un gato. Otro necio ha tirado un hueso a unos perros y ha alcanzado a uno, que ladra; no obstante, se tapa los ojos con la capucha y trata de pasar entre ellos.

domingo, 13 de abril de 2008

El desprecio de la desgracia

Un necio es quien no entiende cuando le sucede una desgracia que se tiene que preparar sabiamente: la desgracia no quiere ser despreciada.

A más de uno no le va bien con la desgracia, pero lucha tras ella siempre como un loco; por ello no le debe maravillar si se le va el barco a pique: aunque la desgracia sea aún pequeña, raramente viene sola, pues, según dice el viejo proverbio: “La desgracia y el cabello crecen todos los días”. Por eso, cámbiese el principio, que no se sabe a dónde tiende el final. Quien se arriesga a ir al mar, necesita suerte y buen tiempo, pues tras sí navega rápidamente el que quiere navegar con viento contrario. El sabio aprende a navegar con viento de popa; el necio, pronto ha hecho zozobrar la nave. El sabio sujeta en su mano el timón y anda con facilidad hacia tierra; el necio no maneja al timón, por ello a menudo naufraga. El sabio guía a otros y a sí mismo; el necio se echa a perder antes de darse cuenta. Si no se hubiera conducido sabiamente Alejandro en alta mar, que le lanzó su nave a un costado, y no se hubiese guiado por el tiempo, se habría ahogado en el mar, y no habría muerto del vino envenenado.
Pompeyo tenía gran fama y honra por haber limpiado los mares y haber expulsado a todos los piratas, pero cayó en Egipto.
Los que tienen sabiduría y virtud nadan desnudos bien a tierra: así dice Sebastián Brant.

Ilustración: Un necio está sentado en una barca que hace agua, está casi partida por la mirad y apenas tiene la vela sujeta. Aunque con angustia, sigue, sin embargo, testarudo en su camino, sin dirigirse a la ciudad que se ve al fondo.

sábado, 12 de abril de 2008

La nave del País de las Maravillas

No pienses que los necios estamos solos: tenemos también hermanos mayores y pequeños; en todos los países, por doquier, sin fin es nuestro número de necios. Andamos dando vueltas por todos los países, desde Narbona al País de las Maravillas; después queremos ir hacia Montefiascone y al país de Narragonia. Visitamos todos los puertos y orillas, andamos dando vueltas con gran daño, pero no podemos encontrar la orilla a la que se debe arribar. Nuestro viaje no tiene final, pues nadie sabe dónde debemos llegar; y no tenemos descanso ni de día ni de noche, nadie de nosotros presta atención a la sabiduría. Además tenemos muchos compañeros, muchos satélites y cortesanos que van siempre detrás de nuestra corte, por que al final entran en la nave y viajan con nosotros buscando beneficio. Sin preocupaciones, razón, sabiduría y sentido, hacemos ciertamente un preocupante viaje, pues nadie cuida, mira, observa y atiende a las cartas y al compás marinos o al curso del reloj de arena. Aún menos a las estrellas, a dónde van Boyero, Osa, Arturo o Hiades. Por ello encontramos las Simplégades. De modo que las rocas nos dan un golpe al barco por ambos lados y lo aplastan hasta convertirlo en pedazos, y poco del naufragio flota. Nos atrevemos a pasar por Malafortuna, por ello apenas podemos llegar a tierra, por Escila, Sirte y Caribdis, y estamos fuera del buen camino. No es ningún milagro, por tanto, que veamos en el mar muchos animales maravillosos, como delfines y sirenas, que nos cantan dulces cantinelas y nos hacen dormir tan profundamente, que para nuestra arribada no hay puerto. Y tenemos que ver por fuerza al Cíclope con el ojo redondo, que le sacó Ulises sin que por su astucia le viera, y no pudiera infligirle más daño que rugir y mirar como un buey al que se le da un palo. El astuto se apartó de él y lo dejó gritar, lloriquear y llorar, pero le lanzó aún grandes piedras. Ese mismo ojo le vuelve a crecer mucho cuando ve al ejército de necios: lo abre tanto hacia ellos, que no les ve la cara; su boca pasea hacia las dos orejas para tragar a muchos necios. Los otros que se le escapan los alcanzará Antífates con su pueblo de los lestrigones, que se dedican a los necios, pues no comen otra cosa que carne de necio todo el tiempo y beben sangre en lugar de vino. ¡Ahí estará el albergue de los necios!
Homero ingenió todo esto para que se prestar atención a la sabiduría y no se osara irse al mar con ligereza. Con esto alabó mucho a Ulises, que dio sabios consejos y planes mientras estaba en la guerra de Troya y cuando, diez años después, anduvo con gran suerte por todos los mares. Cuando Circe, con el poder de su bebedizo, convirtió a sus compañeros en figura de animal, Ulises fue tan sabio que no tomó bebida ni comida hasta que superó en su engaño a la pérfida mujer y liberó a todos sus compañeros con una hierba que se llama moly. Así le ayudó al astuto su sabiduría y prudente consejo para librarse de muchas penalidades, pero, como quería siempre viajar, a la larga no se pudo librar: al final le llegó un viento contrario que rápidamente destrozó su nave, de modo que se ahogaron todos sus compañeros y se hundieron todos los remos, la nave y las velas. No obstante, su sabiduría vino en su ayuda, de manera que nadó él solo, desnudo, a la orilla y pudo contar muchas desgracias pero fue asesinado por su hijo, cuando llamó a su propia puerta; aquí no le pudo ayudar la sabiduría. No le reconoció nadie como su señor en toda la corte, sólo los perros, y murió porque no se le quiso conocer como se debía en justicia.
Con esto vuelvo a nuestro viaje: nosotros buscamos beneficio en este barro, por ello tendremos pronto un mal final, pues se nos rompen el mástil, las velas y las cuerdas y no podemos navegar en el mar; las olas son difíciles de remontar: cuando uno piensa que está arriba, lo empujan abajo. El viento los lleva arriba y abajo: la nave de los necios no volverá nunca, cuando se haya hundido por completo. No tenemos ni sentido ni astucia para nadar a la orilla, como hizo Ulises después de su desgracia, quien sacó más nadando desnudo de lo que perdió y encontró en casa.
Navegamos sobre el resbaladizo borde de la desgracia, las olas golpean por encima de la nave y nos cogen muchas barcas de salvamento, también se apoderan de los marineros y, al final, lo mismo le ocurre a los capitanes. La nave se queda desierta en las oscilaciones, y puede encontrar muy fácilmente un torbellino que engulla al navío y a los navegantes. Toda ayuda y consejo nos han abandonado, nos iremos a pique, el viento nos lleva con violencia. Un hombre sabio se queda en casa y obtiene de nosotros una buena enseñanza, no osa echare al mar con ligereza, a no ser que pueda luchar con los vientos, como hizo Ulises en su día, y, si el barco se hunde, que sepa nadar a tierra firme.
Dado que muchos necios se ahogan, acuda presto cada uno a la orilla de la sabiduría y coja el remo en la mano, para que sepa dónde desembarca; el que es sabio, llega a tierra como se debe: ¡pero hay necios bastantes! El más inteligente es el que él mismo sabe bien lo que se debe hacer y dejar de hacer, y al que no hay que enseñar, sino que él mismo ensalza sabiduría; es también inteligente el que oye a otros y aprende de ellos educación y sabiduría; pero quien no sabe en absoluto, cuente entre los necios. Si éste ha perdido esta nave, espera hasta que llegue otra; encontrará bastante compañía para cantar el Gaudeamus o la Canción en tono de necios. Hemos dejado a muchos hermanos fuera, también así la nave se irá a pique.

Ilustración: La nave de los necios va completamente cargada de necios, algunos de los cuales cantan y lloran. Destaca en el centro uno que mira hacia arriba y sostiene una bandera en la que se ve a un necio y se lee “doctor Maña”. En la parte inferior, otro necio es echado al agua. Sobre el barco aparecen notas musicales de la canción “Estemos todos contentos” y una cartela con la inscripción “Hacia Narragonia”.

viernes, 11 de abril de 2008

De la recompensa de la sabiduría

A la ciencia aspira más de un necio, a cómo se hace pronto maestro o doctor, a que se le tenga por una luz del mundo, y, sin embargo, no puede considerar cómo aprender la verdadera ciencia, con la que él se dirige al cielo, ni que toda la sabiduría de este mundo es, comparada con Dios, una necedad. Muchos se creen en el camino verdadero, pero se pierden en el sendero que lleva a la verdadera vida. Dichoso aquel que no se pierde en el camino cuando lo ha encontrado, pues a menudo sale un sendero secundario, de modo que uno pronto se sale del camino, a no ser que Dios no le deje.
Hércules, en su juventud, pensó qué camino quería tener en cuenta, si quería ir en pos del placer o permanecer sólo en la virtud. En esta meditación, llegaron hasta él dos mujeres, que, aunque no dijeron palabra, pronto reconoció bien por su forma de ser: una estaba llena de dicha y hermosamente adornada; con dulces palabras, le prometió placer y alegría, el final sería, sin embargo, la muerte con dolor, y después ninguna alegría ya ni placer. La otra parecía pálida, triste y severa y tenía un aspecto serio, sin alegría; dijo: “No prometo ningún placer, ningún descanso, sólo trabajo en tu sudor; ve de virtud en virtud, hijo; a cambio de ello recibirás una recompensa eterna.” A esta última siguió Hércules; rehuyó siempre el placer, el descanso y la alegría.
¡Si quisiera Dios que todos ansiásemos vivir conforme a nuestra complacencia y que ansiásemos también al mismo tiempo tener una vida virtuosa! ¡En verdad rehuiríamos más de un sendero que nos lleva el camino de los necios! Pero, dado que todos nosotros no queremos pensar dónde vamos a terminar, y vivimos parpadeando en la noche, no prestamos atención al buen camino, de manera que muy a menudo no sabemos siquiera a dónde nos conducen nuestros pasos. De ello resulta que todos los días nos produce remordimientos nuestro plan; cuando lo conseguimos, no sin dolor, tanto más lo ansiamos. Esto se debe sólo a que todos nosotros tenemos un ansia innata por que se nos conceda a fin de cuentas en la tierra el bien más alto. Pero como esto no pudo ser y andamos errantes en las tinieblas, Dios ha dado la luz de la sabiduría, para iluminar nuestro semblante y terminar la oscuridad cuando nos volvemos a ella; nos muestra pronto la diferencia entre el camino de los necios y el de la sabiduría. Esta sabiduría persiguieron Pitágoras, el gran Platón, Sócrates y todos los que por su enseñanza han conseguido gloria y honra eternas, aunque nunca pudieron demostrar que aquí encontraron la verdadera sabiduría. Por eso de ellos dice Dios nuestro Señor: “Quiero desechar la ciencia y la enseñanza y la sabiduría de aquellos que son sabios aquí y enseñan esto a los niños pequeños”. Son todos aquellos cuya sabiduría ha adquirido allí en la patria de arriba; quienes han aprendido esta sabiduría, serán honrados por toda la eternidad y brillarán como el firmamento; a los que han reconocido siempre lo justo y se han instruido en ellos, y a otros muchos, los comparo yo al lucero del alba, de oriente, y a la estrella vespertina, hacia el occidente. Bion el maestro nos dice cómo los pretendientes de Penélope nunca alcanzaron su meta y, por ello, andaban con las doncellas de ésta; así hacen los que aquí no pueden comprender por completo el esplendor de la verdadera sabiduría, pero que se acercan a ella mediante el adorno de la virtud (que son sus doncellas).Toda la alegría del mundo tiene un triste final. Que cada cual mire a dónde se dirige.

jueves, 10 de abril de 2008

Olvido de las buenas obras

A mano derecha se encuentra la corona, a mano izquierda está la capucha; el mismo camino andan todos los necios y encuentran al final una mala recompensa.

Un necio es quien, en el momento en que Dios le dicta su última sentencia, tiene que sentenciar por su propia boca que ha perdido el talento que le había confiado el Señor para que multiplicara las ganancias. A él se le quitará ese talento y él mismo será arrojado al infierno.
Del mismo modo, también los que han vaciado su lámpara y no han quemado el aceite, y quieren buscar otro aceite, ahora que se les está yendo su alma.
Cuatro cosas pequeñas hay en la tierra que son, sin embargo, más sabias que el ser humano: la hormiga, que no se preserva de ningún trabajo; una liebrecilla, que vive en la roca; las langostas, que no tienen un rey y van, no obstante, todas juntas al combate; el lagarto se agarra con las manos y vive, sin embargo, en la casa del rey.
Quien encuentra miel y panales llenos, no coma nunca más de lo que necesite, y cuídese de llenarse de dulzor, no sea que tenga que vomitarlo.
Aunque un sabio muera repentinamente, su alma nunca se le condena, pero el hombre necio e ignorante se condena y tiene que tener su morada en su tumba por toda la eternidad. A otro deja él su alma y bienes. Nunca fue creado necio más grande que el que no presta atención al futuro y toma lo temporal por eterno.
Arden muchos árboles en el fuego del infierno que no quisieron dar buenos frutos.


Ilustración: Sobre dos palos, uno vertical y otro inclinado, reposan, respectivamente, una corona y una capucha de necio. Debajo, un sabio, vestido con sencillez, tiene un libro abierto en la mano y explica algo a un joven, enfundado en un ostentoso atuendo.

miércoles, 9 de abril de 2008

Impedimento del bien

Quien aquí enciende bien su lámpara y deja encender su luz y su aceite, se alegrará eternamente.

Un necio es por toda su sangre el que quiere impedir el bien del otro y tiene el atrevimiento de oponerse de lo que no recibe ningún perjuicio, y ve con gusto que otro sea igual que él y que esté metido en el puré de los necios. Pues los necios tienen siempre que odiar a los que se ocupan de cosas buenas. Un necio no ve con agrado al otro; pero al verdadero necio le ocurre que no se ahorra alegría por no ser el único necio; por ello, siempre se esfuerza en que todos se le asemejen y trata de no ser él solo el necio que lleva la clava a casa.
Cuando se ve a uno que quiere obrar bien y estar tranquilo en la sabiduría, se dice: “¡Mira el hipócrita! Él quiere sólo ser un cartujo, y tiene esa hipócrita condición porque ha dudado completamente de Dios. Nosotros queremos también conseguir que Dios nos permita morir en Gracia como él, aunque día y noche está de rodillas, rezando y haciendo vigilia; quiere ayunar y construir celdas, y no se atreve a confiar en Dios ni en el mundo. Dios no nos ha creado para que seamos monjes o curas ni, sobre todo, para que nos separemos del mundo. No queremos llevar hábito ni capucha. Ésta tiene también cascabeles. ¡Mira el necio y el pardillo! Habría hecho aún en el mundo mucho bien y habría recibido mayor recompensa que ahora si se hubiera instruido y se hubiese orientado al camino de la bienaventuranza, y no yaciendo ahí como un cerdo, cebándose en su celda o privándose de tantas cosas, que no encuentra alegría ni contento. Si hicieran todos como él hace, llevar el hábito en la cartuja, ¿quién seguiría aumentando el mundo? ¿Quién instruiría y educaría a la gente? ¡No es voluntad ni pensamiento de Dios que nos apartemos del mundo y nos ocupemos sólo de nosotros mismos!”. Tales discursos hacen noche y día los necios que en el mundo tienen puesto todo su ser, por lo que no buscan la salvación del alma.
¡Escucha! Aunque tú fueras sabio e inteligente, habría, no obstante, suficientes necios; aunque tú llevases hábito de monje, habría más necios en la tierra. Mas si todos fueran iguales a ti, no habría ser humano alguno en el reino de los cielos; aunque tú fueses un tipo inteligente, irían, sin embargo, muchos al infierno. Si tuviera en mí dos almas, daría una al necio; pero como sólo tengo una, tengo que preocuparme por ella: ¡Dios no tiene nada en común con Belial!

Ilustración: Las cinco vírgenes necias, que han agotado su aceite, como se ve al llevar las lámparas invertidas, llaman a la puerta del cielo, que no parece mucho más distinguida de la de algún otro grabado. Detrás de ellas grita un hombre que es devorado por un monstruo del infierno.

martes, 8 de abril de 2008

Callar la verdad

Quien quiere ayudar a la verdad, tiene que tener muchos enemigos, que tratan de impedírselo.

Un necio es quien se siente turbado en su ánimo cuando se le habla con aspereza y se le quiere forzar con violencia a que calle la verdad y a que oculte su verdad, y se vaya al camino de la necedad, por el cual, sin duda, anda el que se doblega ante esa amenaza. Pues Dios está, no obstante, de su lado y protege siempre al que no se separa de la verdad, de suerte que nunca saca de ella su pie. Quien permanece en la verdad, pronto aleja de sí a todos los enemigos. El sabio se esfuerza por alcanzar la verdad aunque vea la vaca de Falaris. Quien no puede permanecer en la verdad, tiene que andar el camino de la necedad. Si Jonás hubiera hecho a tiempo pública la verdad, la ballena no lo habría devorado; Elías ensalzó la verdad y por eso fue al Paraíso; Juan huyó del camino de los necios, y por ello vino Cristo a él para que lo bautizara. Quien censura a uno con amistoso talante, y éste no lo toma bien enseguida, llegará la hora en que tendrá que agradecerlo y dará más las gracias por las palabras de censura que por la palabrería que le agrada. Daniel no quiso aceptar ningún regalo cuando tenía que decir y explicar la verdad a Baltasar: "tu dinero", dijo, "quédese en tu casa". El ángel castigó a Balam porque aceptó los regalos, y lo quiso hacer en contra de la verdad; por ello, estaba del revés todo lo que decía, y el asno castigó al que lo cabalgaba.
Dos cosas no se pueden ocultar, y por toda la eternidad se puede buscar una tercera: una ciudad construida en lo alto; a un necio, esté de pie, sentado o andando, se le ve pronto su esencia y condición; a la verdad se la ve eternamente y nunca perderá su valor, por mucho que los necios se desgasten el cuello de gritar. A la verdad se la honra por todos los países; la alegría de los necios es objeto de burla y escarnio.
He sido atacado muy a menudo mientras construía esta nave, reprochándoseme que la debía pintar un poco y no curtirla con corteza de roble, sino lubricarla con savia de tilo, y suavizar un poco algunas cosas; pero los dejé congelarse, antes que decir otra cosa que la verdad. La verdad permanece eternamente, y permanecería siempre visible para todos aunque no hubiera escrito este librillo. La verdad es más fuerte que todos los que difaman a mí o la difaman a ella. Si no hubiera hecho caso de ella, estaría yo entre los más grandes necios que tengo en todas las naves.

lunes, 7 de abril de 2008

Del Anticristo

Después de haber hecho este preludio sobe los que andan con la falsedad, encuentro otros muchachos más que andan trotando en torno a la nave de los necios, que se mienten mucho a sí mismos y a los demás, y deforman y doblan las Sagradas Escrituras; dan golpes a la Fe y mojan el barco de papel; cada cual arranca algo, para que tenga menos altura sobre el agua, coge el timón y remos, para que pueda hundirse antes. Muchos son tan listos en su mente, y se creen tan inteligentes, que con las ocurrencias de su propio entendimiento quieren interpretar las Sagradas Escrituras; y cometen ahí muchas faltas, y es castigada su falsa doctrina. Pues podrían informarse por otros escritos (el mundo está lleno de ellos), si no quisieran ser vistos de modo especial por la otra gente. Ahí va la nave a la deriva en nuestros tiempos.
A esos mismos se les puede llamar borrachos, pues conocen la verdad, pero le quieren dar la vuelta por completo, para que se vea su propio brillo y esplendor. Es ésta la enseñanza de los falsos profetas, de los que el Señor nos manda precavernos; que quieren enseñar la Escritura de modo distinto a como la enseña el Espíritu Santo; éstos tienen una balanza falsa en la mano y ponen encima lo que ellos elucubran, hacen una cosa fácil y otra difícil, para que la Fe ahora perezca. Estamos ya en medio de los que están descarriados; ya se mueve con firmeza el escorpión, por esos incitadores de los que había hablado Ezequiel, el Profeta.
Los pisoteadotes de la ley procuran al Anticristo su tesoro, de modo que tenga mucho de antemano; cuando sus años han pasado, entonces tiene a muchos que están a su lado y que van con él a su falsedad. ¡De ellos tendrá muchos en el mundo! Cuando él reparta su dinero y saque a la luz todos sus tesoros, no necesitará forzar mucho con palos: la mayoría correrá hacia él, con dinero se comprará a muchos, que le ayudarán para que él pueda después hacer caer a los buenos todos los días. Pero no irán mucho tiempo con él, pronto se les romperá la nave y la barquilla, aunque vayan de un sitio para otro. Torcerá la verdad, pero a la postre ésta seguirá siendo verdad, y expulsará por completo a la falsedad, que ahora anda por todos los estamentos. Temo que el barco no llegue nunca a tierra.
La navecilla de San Pedro se tambalea, temo mucho que se hunda; las olas golpean por todas partes, tendrá muchas tormentas y calamidades. Muy poca verdad se oye hoy, la Sagrada Escritura se vuelve completamente al revés y hoy se interpreta de forma muy distinta a como dice la boca de la verdad. ¡Perdóneme aquel a quien esto afecte! El Anticristo está sentado en la gran nave y ha difundido su mensaje, falsedad anuncia por todo el país, falsa Fe y muchas falsas enseñanzas crecen de día en día más y más, para lo cual los impresores ahora bien se aplican al timón. Si se arrojan muchos libros al fuego, se quemaría en él mucha injusticia y falsedad. Muchos piensan sólo en el beneficio, buscan libros por toda la tierra, y muy poco se preocupan de las correcciones; muchos estudian ahora con gran engaño: mucho imprimir, poco corregir; poco miran por sus cosas cuando están haciendo reimpresión tras reimpresión. Se causan ellos mismos perjuicio y escándalo, incluso más de uno se tiene que ir fuera del país, y entonces la nave ya no lo puede llevar, tiene que ir en la barquilla, donde el uno puede cazar al otro.
¿El tiempo viene! ¡Viene el tiempo! ¡Temo que el Anticristo no esté lejos! Repárese en esto y téngase presente: sobre tres cosas reposa nuestra Fe: sobre la indulgencia, los libros y la enseñanza, a las cuales ahora ya no se presta ninguna atención. Se ve la multitud de libros que escribieron alguna vez nuestros padres; su número es tan grande, que nada valen en ningún sitio, pronto no se les presta atención. Lo mismo sucede con la enseñanza. Nunca se encontraron tantas escuelas como ahora se tienen en todos los países; pronto no habrá ciudad en la tierra donde no exista también una escuela superior, ahí hay también muchos sabios que ahora no se aprecian en absoluto. Todo el mundo desprecia la ciencia y se encoje de hombros ante ella; los sabios se tienen casi avergonzar de su enseñanza y vestimenta y de su propio nombre; ahora se prefiere a los necios: los sabios tienen que ponerse detrás de la puerta. Se dice: “¡Mira a los vagos! ¡El demonio los engaña bien con los curas!” Esto es un signo de que la ciencia no tiene ya ningún honor, ningún aprecio ni favor. Por ello desaparecerá también pronto la enseñanza, pues el arte es alimentado por el honor y, si no se la tiene en alta estima, pocos se esforzarán por conseguirla.
La indulgencia tiene tan poco valor, que nadie pregunta por ella ni la ansía; nadie quiere ya buscar la indulgencia, más de uno querría no renegar de ella, y más de uno no daría un penique aunque la indulgencia le llegara a casa, y, si se pusiera a correr detrás de ella, la alcanzaría más lejos de Aquisgrán. Por ello nos amenaza lo mismo que a aquellos con el maná; era para ellos un hastío, decían que no era de provecho, que el alma sentía repugnancia, y hacían burla de él. Así se hace también con la indulgencia: es despreciada por muchos necios. De ahí saco yo estas consecuencias: ahora está la Fe como una luz; antes de que se apague por completo, hay aún esplendor y brillo. Por ello puedo decir con libertad; ¡se acerca muy terriblemente el Juicio Final! Puesto que se desprecia la luz de la Gracia, pronto se hará totalmente la noche; y lo que nunca antes se había oído: la nave ya da la vuelta hacia arriba a la quilla.

Ilustración: Sobre el barco de la fe, que ha volcado, está sentado el Anticristo (lo evidencia la inscripción “el Anticristo”), con ladina sonrisa. En una mano lleva una bolsa de dinero, en la otra un látigo; junto a sí tiene la capucha de necio. Un demonio, con expresión más ladina aún y con forma de dragón, vuela junto a él y le soplará al oído. Libros y necios flotan alrededor, y alguno de estos últimos trata de asirse a los restos del naufragio, en particular unos que van en una pequeña barca. Al fondo, otros se dirigen a Narragorria. Abajo, en primer plano, aparece San Pedro, arrastrando con a llave hacia la orilla la “barquilla de San Pedro”, cargada de sabios.

domingo, 6 de abril de 2008

De la falsificación y el engaño

Se aprecia bien en la alquimia y en la medicina del vino cuánto engaño hay sobre la tierra.

Embusteros y falsificadores hay muchos, que bien se acomodan al espectáculo de los necios; falso amor, falso consejo, falso amigo, falso dinero: ¡completamente lleno de infidelidad está ahora el mundo! El amor fraterno etá ciego y muerto; cada cual piensa en el embuste, para poder tener provecho sin pérdidas, aunque cien se arruinen. Ya no se ve ninguna honradez; el alma puede así echarse a perder; un buen negocio es para todos más querido. ¡Dios les tenga en su gracia, aunque mueran miles de ello!
Ante todo, no puede quedar el vino. Gran embuste se hace con él: salitre, azufre, huesos de muerto, potasa, mostaza, leche, hierbas impuras se echan por la piquera del tonel. Las mujeres encinta se alegran de beber eso, pensando que darán a luz antes de tiempo, y nos ofrecen un lamentable aspecto. Mucha enfermedad nace también de ahí, y más de una se va a la casa mortuoria.
Se hace herrar ahora a un jamelgo cojo, que propiamente tiene su sitio en el carro del desollador; tiene que aprender a sostenerse sobre fieltros, como si tuviera que ir por la noche a maitines; aunque es quebradizo y cae, tiene que traer ahora su dinero, para que el mundo sea engañado.
En estos tiempos se tienen reducidos pesos y medidas: las varas se hacen cortas; la tienda tiene que estar oscura, para que no se aprecie el aspecto del paño; mientras que uno mira a ver que juguete pueda haber sobre el mostrador, la balanza recibe un empujón, para que se mueva hacia abajo; se nos pregunta ¿cuánto desea?, y el pulgar se pesa con la carne. En camino ahora se ara convirtiéndolo en surcos. La moneda vieja está completamente desgastada, y no podría durar mucho tiempo si no se hubiera hecho un añadido. No sólo la moneda se debilita: el dinero falso se ha hecho general, y el falso consejo; la falsa clerecía se amplía con monjes, curas, beguinas, legos: muchos lobos andan ahora en ropas de cordero.
Para que no olvide yo aquí el mayor engaño de la alquimia, ésta hace aparecer la plata y el oro que previamente se habían puesto en la varilla. Embaucan y engañan burdamente; dejan ver primero una prueba, y pronto sale de ahí un sapo. El mirar en las redomas saca a muchos de sus casas; quien antes estaba sentado mullido y seco, arroja ahora sus bienes a las retortas de los necios, hasta que se quema y reduce a polvo, de suerte que ni él mismo ya se reconoce. Muchos se arruinaron así, muy pocos pudieron conseguir algo, pues, como dice Aristóteles: "La forma de las cosas no se transforma". Muchos caen gravemente en esta adicción, aunque de ella poco fruto les viene. Cobre ahora se pule para el oro; mierda de ratón se mezcla bajo la pimienta; la piel se tiñe a voluntad, y tan débilmente se curte en nuestros días, que sólo conserva muy pocos pelos cuando se la lleva puesta un cuarto de año. Los ratones de campo producen mucho almizcle, cuyo mal olor apesta a media milla; los arenques podridos se mezclan con los buenos, para poder vender todos como frescos. Todas las calles están llenas de vendedores; cultivar el pequeño comercio gusta muchísimo, pues se puede juntar lo viejo y lo nuevo. Con engaño anda todo el mundo: ninguna mercancía de comerciante tiene su valor, con falsificación es como mejor se anda, cada cual mira cómo librarse de su mercancía, aunque tenga tumores de caballo o enfermedad de la pata de éste.
Feliz, sin duda, es el hombre que puede protegerse ante la falsificación. Los padres son engañados por su hijo, el padre no le pregunta. El posadero engaña al cliente, el cliente al posadero. Se siente por completo la falsedad, la infidelidad, el engaño. Esto es abrir el camino al Anticristo; éste falsea con engaño toda su compra, pues lo que él piensa, incita, hace y enseña, no se torna en otra cosa que en mal, en infidelidad, en el mundo al revés.

Ilustración: En un laboratorio alquimista, con sus adminículos y un horno, aparecen dos sabios, de los que uno lleva orejas de necio, que se ocupan de las tareas propias de su oficio. También hay un necio en primer plano, que ha introducido un hueso por la piquera de un tonel.

sábado, 5 de abril de 2008

Del soplar al oído

Un signo de ligereza es creer todo lo que cada cual dice: el murmurador pronto a mucha gente divide.

Un necio es el que mete en su cabeza y cree con ligereza cualquier cotorreo; éste es el signo de un necio: tiene orejas finas y amplias. No se tiene por un hombre honrado a quien quiere irle a uno por atrás y golpearle antes de decírselo, de suerte que no pueda defenderse. Pero calumniar a las espaldas debe ser ahora una obra maestra, que no se puede parar fácilmente. Esto hace ahora andar a cada cual con maledicencia, alejamiento del honor, traición y muchas cosas semejantes; se sabe afeitar y embellecer, para poder mentir tanto mejor y hacer que se crea tanto más pronto; a la otra parte ya no se la escucha. Una sentencia lleva más de uno sobre sí, que nunca ha respondido y que ha desvelado su inocencia; es decir, se ha metido en el saco, como Aman hizo a Mardoqueo, y Siba el siervo a Mefiboset. Gran alabanza se otorgó a Alejandro porque no quiso creer con ligereza a los que acusaban a Jonatán. Creer demasiado rápido nunca trajo buen final: Adán no habría sido privado de la Gracia si no hubiera creído enseguida a la mujer, y ésta las palabras de la serpiente. Quien cree con excesiva prisa, provoca a menudo un crimen. No hay que creer a todo espíritu, el mundo es falso y está lleno de mentira: por ello el cuervo sigue siendo negro.

Ilustración: Un necio escucha atentamente, en campo abierto y con la capucha de necio bajada, lo que le sopla al oído otro necio.

viernes, 4 de abril de 2008

Acariciar el caballo amarillento

Quien ahora sabe acariciar bien el caballo, muy inteligente se revela: piensa que será quien más dure en la corte.

Me vendría ahora muy bien un barco cubierto, para meter en él a los siervos de los nobles y a otros que van a la corte a lamer y haraganear y se meten con confianza en casa de sus señores, para sentarse completamente solos y sin las apreturas de las gentes de a pie, que no quieren soportar. El uno espurga plumas, el otro frota tiza; éste acaricia, aquél murmura al oído, para ascender tan pronto que pueda alimentarse de lamegatos. Más de uno con mentiras llega a ser señor, porque sabe acariciar la lechuza y sabe tratar con el caballo amarillo; para soplar harina es rápido, con gusto cuelga el abrigo a favor del viento; traer y llevar ayuda ahora a muchos a subir, que, de otro modo, estarían ante la puerta de la calle. Quien sabe mezclar pelos y lana, debe permanecer gustoso en la corte: allí es él ciertamente querido y valioso, no se ansía la honradez. De la necedad todos se ocupan, no me quieren dejar la capa de los necios. Pero cepillan algunos también demasiado fuerte, de modo que el caballo les golpea en la barriga o les da una patada en las costillas, y el plato se les cae en los pesebres.
Sería bueno pasar ocioso de todos éstos, si se quisiera entender la verdad. Si todo aquel al que se le tiene por valioso y de ley fuera como se presenta, o se presentara como fuera, estarían vacías muchas capas de necio.

Ilustración: Un caballo golpea con las patas delanteras a un necio, que está en el suelo y lleva en una mano pumas de pavo (símbolo de los Austrias), y cocea con las patas traseras a otro necio, que está lamiendo el plato.

jueves, 3 de abril de 2008

Del ocaso de la Fe


Yo os suplico, Señores, grandes y pequeños, que penséis en el bien de la comunidad. ¡Dejadme a mí solo mi propia caperuza de necio!

Cuando pienso en la dejación y el escándalo que se sienten en todo el país, por causa de los príncipes, señores, regiones y ciudades, nada extraño sería que tuviera ya mis ojos bañados en lágrimas, al tener que presenciar con tal ignominia el declinar de la Fe cristiana. ¡Perdóneseme por haber añadido aquí también a los príncipes! Sentimos (por desventura) con claridad las penalidades y los angustiosos lamentos de la Fe cristiana, que de día en día se empequeñece. Primero, los paganos la han medio desgarrado y destruido sin piedad; después, el abominable Mahoma la ha desvastado más y más; con su falsa doctrina ha mancillado una Fe que antes era grande y poderosa en Oriente, cuando toda Asia era creyente, y el país de los moros y África. Ahora no tenemos allí ya absolutamente nada; tendría que doler hasta a una dura piedra lo que nosotros solos hemos perdido en Asia Menor y Grecia, que hoy se llama la Gran Turquía, y está separada de la Fe; allí estuvieron las siete iglesias, a donde escribiera Juan, allí se perdió un país excelente, que todo el mundo debería haber jurado que no se perdería. Y eso sin contar lo que en tan breve tiempo se ha perdido en Europa desde entonces: dos imperios, muchos reinos, muchos países poderosos y ciudades, domo Constantinopla y Trebisonda; estos países son bien conocidos de todo el mundo: Acaya, Etolia, Beocia, Tesalia, Tracia, Macedonia, Atica, las dos Misias, también tribulos y escordiscos, bastarnos y también táuricos, Eubea, llamada Negroponto, asimismo Pera, Cafa e Idront, sin contar otros daños y pérdidas que también sufrimos en Morea, Dalmacia, Estiria, Corintia y Croacia, en Hungría y en la Marca venda. Ahora son los turcos tan fuertes, que no sólo son dueños del mar, sino que también el Danubio les pertenece. Irrumpen por doquier cuando quieren. Muchos obispados e iglesias son profanados: ahora ataca el turco la Apulia; después, muy pronto, será Sicilia, e Italia, que linda con eolla; más tarde llegará también a Roma, a la Lombardía y hasta Francia. El enemigo lo tenemos a las puertas: ¡Pero todos quieren morir durmiendo! El lobo está en el redil y roba las ovejas de la Santa Iglesia, mientras el pastor sigue durmiendo.
La Iglesia de Roma tenía cuatro hermanas, en las que se habían puesto patriarcas como gobernantes: Constantinopla, Alejandría, Jerusalén y Antioquia; mas ahora se han separado completamente de ella, y muy pronto se llegará también a la cabeza. Todo esto es culpa de nuestros pecados, nadie tiene paciencia con el otro ni compasión por su desgracia, todos querrían que ésta fuera mayor. Nos sucede como sucedió a los bueyes, que el uno contemplaba al otro, hasta que el lobo los destrozó a todos: sólo entonces el último se puso a sudar. Cada uno toca ahora con la mano para ver si aún están fríos su muro y su pared, sin pensar en apagar el fuego antes de que legue a su casa; después se arrepiente demasiado tarde y sufre los daños. Las discordias y la desobediencia destruyen la Fe de los cristianos; inútilmente se vierte su sangre. Nadie piensa cuán cerca está de él la desgracia, y se cree que se librará siempre de ella, hasta que se le presenta delante de la puerta: entonces levantará la cabeza. Las puertas de Europa están abiertas, por todas partes viene el enemigo, que no duerme ni descansa: sólo está sediento de sangre cristiana.
¡Oh Roma! Cuando tú en un tiempo tuviste reyes, fuiste largos años esclava; después te condujeron a la libertad cuando te gobernó un Consejo Común. Mas cuando caíste en la soberbia, te orientaste a la riqueza y al gran poderío, y luchaba ciudadano contra ciudadano, nadie se preocupaba del bien común; entonces el poder se perdió en buena medida, al final fuiste súbdita de un Emperador, y bajo este poder y apariencia hasta quince siglos has permanecido, y siempre te has enflaquecido, al igual que se empequeñece la luna cuando desaparece y le falta el resplandor, que ahora subsiste muy poco en ti. ¡Ojalá quisiera Dios que tú también te agrandaras, para que te igualases por completo a la luna! No piensa que tiene algo quien no se lo arrebata al Imperio Romano. Primero la mano de los sarracenos se apoderó del santo y ensalzado país; después los turcos poseen tanto, que contarlo llevaría demasiado tiempo. Muchas ciudades echaron mano a las armas, y no prestan ahora ya atención a ningún Emperador; cada príncipe despluma por entero todo aquello de lo que pueda obtener una pluma; por ello no produce gran sorpresa que también el Reino se haya quedado pelado y sin plumas.
Se ata a cada uno de manera que no pueda exigir lo suyo y que tenga que dejar a cada cual en su estado, tal como lo había disfrutado hasta entonces. ¡Por Dios, príncipes, mirad qué daños vendrán a la postre si el Reino llega a desplomarse! ¡Vosotros tampoco perduraréis eternamente! Toda cosa gana más en fortaleza cuando está unida en sus partes que cuando está dividida. La unanimidad en la comunidad hace florecer pronto todas las cosas, pero por la desunión y la disputa también grandes cosas se destruyen. El nombre de los alemanes fue muy ensalzado, y lo habían conseguido con tanta fama, que se les otorgó el Imperio. Para que la yeguada se aniquile, se muerden los propios caballos sus colas. En verdad está ahora en pie la Cerastes y el Basilisco. Muchos se envenenarán al entregar zalameramente el veneno al Imperio Romano. ¡Pero vos, Señores, reyes, naciones, no queráis permitir tal escarnio! ¡Si queréis ayudar al imperio Romano, la nave puede aún seguir erguida!
Tenéis de hecho un Rey generoso, que os conduce con escudo de caballero, que puede doblegar a todos los países a la vez, sólo con que le queráis ayudar: el noble príncipe Maximiliano muy digno es de la corona romana; sobre su mano recta, sin duda, la santa herencia y tierra prometida; y empezará a hacerlo todo el día en que pueda confiar en vosotros.
Alejad de vosotros semejante escarnio y burla: que sobre el pequeño ejército gobierna Dios. Aunque muchos se han apartado, son aún tantos las naciones cristianas, piados reyes, príncipes, nobles y gentes comunes, que ellos solos pueden conquistar y dar la vuelta a todo el mundo, con sólo mantenerse firmes y unidos, con sólo poner en evidencia fidelidad, paz y amor. Confío en Dios: ¡todo saldrá bien! Mas vosotros sois gobernantes de los países: despertad y arrojad de vosotros todo escarnio, que no os equipare con el gobernante de la nave de quien el sueño en el mar se apodera sigilosamente cuando ve una tormenta; o con el perro que sólo llora, o con el guardián que no guarda y a lo que ha de guardar no presta en absoluto atención. ¡Levantaos, despertad de vuestro sueño! En verdad el hacha está en el árbol.
¡Ay Dios! Concede a nuestros gobernantes que busquen tu honra, y no cada cual sólo su propio beneficio. Así podré estar sin cuitas, tú nos darás la victoria en breves días, y nosotros a cambio te alabaremos eternamente. Apelo a la conciencia de todos los estamentos del mundo entero, sea cual fuere el rango en que se cuentan, a que no hagan como los marineros que están desunidos y tienen disputas cuando están en medio del mar, entre grandes vientos y tormentas, y, antes de que se pongan de acuerdo sobre el rumbo, la galera ya se ha ido al fondo. ¡Quien tenga oídos para oír, que oiga! La navecilla se tambalea en el mar. Si el propio Cristo ahora no vigila, pronto se hará de noche a nuestro alrededor. Por ello, vosotros, que siguiendo su consejo habéis elegido a Dios para poder estar delante en la proa, no dejéis quitar esa posición. ¡Tened cuidado de que el escarnio no se asiente sobre vosotros! Haced lo que os conviene conforme a vuestra condición para que no se agrande el daño, y el sol y la luna mengüen por completo, de forma que la cabeza y los miembros perezcan: ¡sólo con profunda preocupación se puede contemplar!
Si vivo, apelaré a la conciencia de otros muchos, y, a quien no quiera pensar en mis palabras, la capa de los necios le regalo.

Ilustración: El Papa y el emperador aparecen con sus atributos. Tras ellos, su séquito. Delante se arrodilla un necio, con expresión trágico-cómica, quien con una mano ofrece una capucha de necio, a la que aquéllos tienden la mano, y con la otra mano se rasca la calva. Otros dos necios observan la escena tras una vaya, uno divertido y otro compungido.

miércoles, 2 de abril de 2008

De los necios extranjeros

Aquí he reunido aún a muchos que son necios y así se les llama, pero de los que otros necios se avergüenzan.

Existen además muchos individuos inútiles, que están embutidos en pieles de necio muy espantosas y que se aferran a ellas, atados al rabo del demonio, sin que se les pueda separar. Voy a pasar de largo ante ellos, y en silencio, y a dejarlos que sigan en su necedad, y a escribir poco sobre su locura: los sarracenos, turcos, paganos, todos los que están separados de la fe; y en pie de igualdad con ellos también sitúo a la escuela de herejes que mantiene en Praga su cátedra de necios y que ha extendido su orden hasta llegar a tener ahora también a Moravia. Muy mal entran en su capucha de necios, como todos aquellos que rezan a alguien distinto del Dios uno y trino, y para quienes nuestra Fe e como un motivo de mofa.. No tengo a éstos por simples necios: tienen que permanecer encima de la capucha, pues su necedad es tan grande y manifiesta, que no hay paño suficiente para hacerles una a cada uno.
Lo mismo se aplica a todos los que se han separado de la Fe y se han enredado en las mallas del diablo: como las mujeres necias y las hembras pérfidas, todas las alcahuetas y proxenetas y otras que viven en el pecado y a las que su necedad ciega por completo. Con ello quiero traer asimismo a la memoria a aquellos que se dan muerte o se ahorcan, y a quienes matan o ahogan el fruto de su vientre. No merecen tener leyes, ni que se les eduque con seriedad o con chanzas: forman parte de la masa de los necios, su necedad les proporcionará a todos su caperuza.

Ilustración: Sobre una gran capa de necio se hallan seis hombres y mujeres, vestidos con atuendos extranjeros y movíéndose muy expresivamente. En el ángulo superior derecho un judío se cuelga, vestido como tal.

martes, 1 de abril de 2008

De la pereza y la holgazanería

La pereza se encuentra por doquier, ante todo en sirvientas y criados: nunca se les puede retribuir lo bastante, aunque ellos se saben cuidar con creces.

No hay mayor necio en ningún caso que quien reposa de continuo y es tan vago, que le arde la tibia antes de darse la vuelta. Así como el humo no es bueno para los ojos, o el vinagre no lo es para los dientes, así resulta el perezoso y holgazán para aquellos que lo han mandado. El perezoso no es para nadie útil, a no ser como espantajo de invierno y que se le deje dormir a voluntad: sentarse a la estufa es su derecho. ¡Feliz el que trabaja con su azada! Quien anda ocioso, es el más necio. A los haraganes los castiga el Señor; al trabajo, le da premio y enaltece. El maligno Enemigo se aprovecha de la pereza y en ella siembra al instante su semilla. La pereza, causa de todo pecado, hizo murmurar a los hijos de Israel. David cometió adulterio y asesinato por yacer holgazán y ocioso; por ser Cartago completamente desvastada, fue Roma también enteramente destruida: mayor daño sufrió Roma al caer Cartago que el que había sufrido luchando contra ella ciento dieciséis años. El perezoso no gusta de aparecer en público, y dice: "¡El león está en la puerta!". El perro rabioso le retiene en casa. La holgazanería inventa pronto una disculpa. Se da la vuelta una y otra vez, como el quicio de la puerta.

Ilustración: Una joven necia ha quedado dormida mientras hilaba junto al fuego, con la astilla aún en la mano que pensaba echar a éste. Indiferente a ella, un siervo mira al cielo mientras siembra el grano.

lunes, 31 de marzo de 2008

Regalar y arrepentirse

Un necio es quien de continuo se lamenta de lo que no puede cambiar; o se arrepiente de haber hecho el bien a aquel que no lo sabe comprender.

Un necio es quien regala y no lo hace de buen grado, y aun mira irritado y con odio que nadie obtenga a cambio ningún contento. Pierde así obsequio y recompensa el que tanto se arrepiente de su regalo. Sucede así también a quien hace alguna buena obra por honrar a Dios y cumplir su voluntad, mas se arrepiente y apena si Dios no le concede al punto su recompensa.
Quien quiera, pues, regalar dignamente, hágalo sonriendo y con la alegría del buen compañero, y no diga "¡en verdad, a disgusto lo hago!", si no desea quedarse sin reconocimiento y recompensa. Tampoco Dios muestra aprecio por el don de quien no sabe regalar con alegría. Que cada cual conserve lo suyo, a regalar no ha de obligarse nadie. Sólo del corazón libre procede el regalo que a cada cual bien conviene. El agradecimiento raramente se pierde: aunque a veces tarda en llegar, de costumbre acaba por hacerse justicia, pues lo uno por lo otro se acomoda al orden debido. Aunque alguien sea ingrato, se encuentra, no obstante, frente a tal deshonor, a algún sabio agradecido que todo lo puede recompensar. Más quien siempre está recordando y echando en cara los regalos que ha ofrecido, no quiere darse por contento con el apretón de manos y no quiere esperar a su recompensa. Refregar a uno por las narices los regalos, es de todo punto grosero. Por encima del hombro se mira a quien sólo sabe echar en cara sus buenas obras. Y, además, ningún beneficio obtiene con ellos.

Ilustración: Un necio regala a un anciano una bolsa, al tiempo que se rasca la cabeza como dudando si hace bien.

domingo, 30 de marzo de 2008

Del descarrío en los días festivos

A la iglesia deberían ir y las fiestas deberían guardar algunos que a muchos trabajos se dedican.

Habitantes de Montenecios son quienes dejan todos sus asuntos y trabajos sólo para las fiestas de guardar: ¡Al carro de los necios deben ir! A uno hay que herrarle los caballos, al otro coserle los botones; lo cual se debería haber hecho antes, cuando estaban jugando y dándole al vino en la cantina. A ése se le rellenan las puntas de los zapatos, y mucho trapos hay que meter en ellas; a aquel hay que probarle varias levitas y pantalones, que, si no se hiciera en día de fiesta, no se podría poner. Los cocineros preparan el fuego y las brasas antes de que la iglesia abra por la mañana; así se puede llenar aquí muy bien la panza y darse el gran festín. Antes de que alguien salga a la calle, las tabernas están ya casi a tope.
Hoy en día se hace continuamente el loco; sobre todo en las fiestas de guardar, cuando no hay que resolver otros asuntos, se anda con los carros. El día festivo convierte a muchos en necios, pues creen que ese día ha sido pensado para que Dios pase por alto los pequeños trabajos, para que se tale la madera en el tablero y se pase todo el día jugando a las cartas. Muchos hacen trabajar a la servidumbre, sin preocuparse de que siervos e hijos vayan a la iglesia, a la homilía y a los oficios divinos o de que se levanten temprano para la misa. Primero quieren terminar de hervir bien el hidromiel que han macerado en la semana.
No hay oficio del que no pueda decirse que nada hace en los días festivos; tan obsesionados estám por el penique como si ya no hubiera más días en la tierra. Parte anda de cháchara en la calle; los otros están sentados jugando y comiendo y bebiendo, y a alguno se le va ahí en el vino más de lo que gana con el trabajo de una semana. Un tacaño y chapucero tiene que ser quien no quiera sentarse a beber por el día y por la noche, hasta que cante el gato o sople el viento de la mañana.
Los judios se mofan mucho de nosotros, de cuán gran honra rendimos a los días de fiesta (que ellos tienen en tan alta y sagrada estima), y no quisiera meterlos en la nave de los necios, si no anduvieran todo el tiempo errando por ahí como un perro rabioso. Un pobre recogió leña en día festivo, y sólo por ello fue lapidado. Los macabeos no quisieron aprestarse para la lucha en el día sagrado, y muchos de ellos fueron asesinados. No se recoje en día festivo el maná, como Dios ordenó. Mas nosotros trabajamos sin necesidad y reservamos para el día de fiesta muchas cosas que no queremos hacer otros días.
¡Oh necio, guarda y honra el día del Señor! Hay aún muchos días más de la semana, cuando tú te pudres en la tierra. De la avaricia proceden todos los vicios.

jueves, 27 de marzo de 2008

De la esperanza de heredar

Algunos se alegran de los bienes de los demás, de cómo recibirán de ellos una buena herencia y los llevarán a la tumba; pero éstos varean las nueces con los huesos de aquellos.

Un necio es quien con desmedida ansia espera heredar a otro o piensa sucederle, tras su muerte, en sus bienes, prebendas y cargos. Algunos se alegran con la muerte de otro, cuyo fin nunca llegarán a ver; piensan llevar a la tumba a uno, que con los huesos de ellos vareará las peras. Quien confía en la muerte de otro, sin saber cuándo le abandonará su propia alma, hierra al asno que le llevará a Montenecios. Muere gente joven, fuerte, alegre; así se encuentran también muchas pieles de ternero: no sólo se necesitan vacas. ¡Conténtese cada cual con su pobreza y no suspire por acrecentarla! En el mundo anda todo completamente del revés: Bulgaro heredó también de su hijo, sin haber esperado nunca tener que hacerlo. Príamo vio morir a todos sus hijos, que deseaba que fueran sus herederos; Absalón buscó la muerte de su padre y obtuvo su herencia en una encina.
A algunos les viene por la noche una herencia en la que nunca habían pensado; otros reciben una herencia que mejor sería que la recibiera un perro. No a todos se le cumplen sus deseos como a Abraham y a Simeón. ¡Preocupaos tan poco como los pájaros! Cuando Dios quiere llega la felicidad, el tiempo, el fin y la meta. La mejor herencia se halla en aquella patria a la que todos esperamos arribar, pero que muy pocos llegan a alcanzar.

Ilustración: Un clérigo necio está herrando sobre el yunque a un asno, mientras la muerte, representada como un esqueleto y sentada sobre el burro en sentido contrario al de la marcha, trata de golpear con una tibia un nogal.

martes, 25 de marzo de 2008

Usura y acaparamiento

Los usureros practican un oficio ilegítimo, rudos y duros son para los pobres y no les importa que el mundo entero perezca.

A la caperuza hay que echarle mano y sacudirle bien las pulgas y arrancarle las plumas de las alas a quien acapara y oculta en casa más que lo que necesita, a quien arrambla con todo el vino y el grano por el país entero, sin tener ni pecado ni deshonra, para que el pobre no encuentre nada y muera de hambre con su mujer y sus hijos. Por ello es hoy la vida tan cara, y estamos hogaño peor que antaño. Últimamente el vino valía apenas diez libras, y en un mes ha subido tanto, que ahora cuesta bien a gusto treinta; lo mismo sucede con el trigo, el centeno y la espelta. Y no quiero hablar de los réditos de la usura, que se practican con intereses y pagos en especie, con préstamos, compras a bajo precio y con créditos. Muchos ganan una libra por la mañana, más de lo que se debe ganar en todo el año. Calderilla le prestan hoy a uno a cambio de oro. En lugar de diez, se escriben once en el libro. Los intereses de los judíos eran bastante soportables, pero no pueden seguir así: los cristianos judíos ahora los expulsan, y ellos mismos corren con la lanza del judío. Conozco a muchos, que no quiero citar, que practican un comercio ilícito, y sobre ello calla toda la ley y el derecho. Muchos de ellos se inclinan agradecidos ante el granizo, apuntan riendo hacia las heladas.
Mas sucede también muy a menudo que alguno se cuelga en la soga. Quien quiere ser rico a costa de la comunidad, un necio es... pero no sólo un necio.

Ilustración: En una ciudad bien perfilada aparecen toneles, sacos, y un recipiente de medida. Tras los sacos, un usurero necio y gordo que está a punto de desplumar a un comprador con el rostro demacrado. El usurero jura con la mano derecha y el comprador mete la mano en el bolso.

lunes, 24 de marzo de 2008

La fatuidad del orgullo

A quien es orgulloso y se alaba a sí mismo y quiere estar sentado él solo en lo más alto, el diablo lo pone de señuelo sobre su trampa.

Fuego enciende sobre tejado de paja el que consagra su vida a la gloria en este mundo y todo lo hace por honores pasajeros; a la postre sólo le queda que su desvarío le ha mentido como a quien construye sobre el arco iris. A quien levante una bóveda sobre una columna de abeto, se le arruinará su plan antes de tiempo; el que ansía aquí la gloria y la honra mundanal, no espere que se le aumenten en el más allá.
Más de un necio mucho se pavonea de venir de países latinos y de haberse hecho sabio en escuelas lejanas, en Bolonia, En Pavía y París, y de haber adquirido la sapiencia en la alta Siena, y también en la escuela de Orleans, y de haber visto a Roraffe y al maestro Pedro de Conniget. Como si en la nación alemana no hubiera también juicio, sentido y excelentes cabezas para poder aprender la ciencia y la sabiduría, sin necesidad de ir tan lejos a las escuelas. Quien desea estudiar en su país, encuentra ahora libros de todo género, de modo que nadie puede poner disculpas, a no ser que quiera mentir como un bellaco. Se pensaba antaño que no existía buena formación más que en Atenas, allende el mar; después se encontró entre los italianos; ahora se la ve también en Alemania, y nada nos faltaría, a no ser el vino y que nosotros alemanes queremos estar como cubas y ganar sin trabajar. ¡Feliz quien tiene un hijo sabio!
No tengo en mucho el que se posea gran saber buscando con ellos la vanidad y el lucro y que se piense llegar a estar orgulloso y a ser inteligente: quien es sabio, suficiente saber posee. Quien estudia por vanidad y por dinero, se mira al espejo sólo para el mundo, igual que la necia que se maquilla y se mira al espejo para deslumbrar al mundo, abriendo la red del diablo haciendo que vayan al infierno muchas almas. Ella es el mochuelillo de reclamo y la vara de la trampa, con los que el demonio busca gran encomio y se ha llevado a muchos que antes creían ser inteligentes. Balam dio a Balac un consejo, de suerte que Israel encolerizó a Dios y no pudo vencer en el combate, sino que por causa de las mujeres tuvo que huir. Si Judit no se hubiera ataviado con tantas galas, no habría seducido a Holofernes. Jezabel se pintó sobremanera cuando quiso gustar mucho a Jehú. El sabio dice: “¡Vuelve presto la espalda a las mujeres! ¡Ellas te incitan a pecar!”. Pues muchas necias son tan alocadas, que pronto ofrecen al primero que pasa su mirada, pensando que no les va a traer ningún mal el mirar sin recato al necio. En verdad, la mirada trae consigo malos pensamientos y pone a algunos en el banco de los necios, sin que pueda escapar de él fácilmente hasta haber capturado el arrendajo. Si Betsabé hubiera cubierto su cuerpo, no habría resultado mancillada por el adulterio. Dina quería mirar a unos hombres extranjeros, hasta que perdió su virginidad. La mujer modesta digna es de honra y merecedora de ser respetada; mas aquella que abraza el orgullo, que es también completamente ilimitado, quiere estar asimismo siempre en primera fila, de modo que nadie puede vivir en su compañía. La mayor sabiduría que hay en el mundo es saber hacer lo que a cada cual le place; y si esto no se tiene por bueno, al menos saber hacer lo que a cada uno le conviene. Pero quien quiera contentar a las mujeres, tendrá que ser a la postre más fuerte que un guerrero, pues muy a menudo consiguen más con su fragilidad que con su astucia.
El orgullo de aquellos que Dios tanto odia, sube incesantemente, cada vez más y más, pero al final cae al suelo, a los dominios de Lucifer, en la sima del infierno. Escucha, orgullo; te llega la hora en que estas palabras saldrán de tu propia boca. “¿Qué alegría me trae mi altivez, cuando estoy aquí inmerso en tribulaciones y sufrimientos? ¿De qué me sirven dinero, bienes y riquezas? ¿Para qué la honra, la fama y la gloria de este mundo? ¡No ha sido más que una sombra, que se desvanece en un instante!” ¡Dichoso aquél que todo eso ha despreciado y sólo a la Eternidad ha dirigido su mirada! Nada cree demasiado alto el necio en este mundo, pero todo acaba por caer con él, y, en especial, el ignominioso orgullo, que tiene en sí la condición y el poder de expulsar del cielo al ángel de más alto rango y de no dejar tampoco en el paraíso al primer hombre. El orgullo no puede sobrevivir en la tierra, tiene que buscar siempre su asiento; junto a Lucifer, en el lodazal del infierno, busca el que se ha ideado: el orgullo lleva pronto al fuego eterno. Agar fue expulsada de casa, con su hijo, por su orgullo; y por orgullo encontró su perdición el faraón, y murió Coré con sus secuaces. El Señor montó en cólera cuando con vano orgullo se construyó la torre; cuando David, por orgullo, hizo contar a su pueblo, tuvo que elegir una plaga; Herodes se vestía con tanto orgullo como si su naturaleza fuese divina, y quería también recibir honores propios de Dios, por lo que fue duramente golpeado por el ángel.A quien practica el orgullo, Dios le humilla; mas al humilde, siempre lo ensalza.

Ilustración: Una mujer, sentada en una vara que sujeta el diablo (escondido en la maleza) se mira al espejo. Ambos tienen semblantes satisfechos (mucho más el diablo), aunque por razones distintas. El símbolo del fuego del infierno se aprecia ya bajo la parrilla a los pies de la mujer.

sábado, 22 de marzo de 2008

Del charlar en el coro

En el coro se encuentran también muchos necios que charlan, ayudan y aconsejan sin tino ni sentido: su barco y barquilla pronto de tierra firme se alejan.

Se encuentran muchos en la iglesia y en el coro que charlan y debaten todo el año sobre cómo aprestar la nave y la barquilla para navegar hacia Narragonia. Allí se habla de la guerra francesa, allá se mira de mentir con diligencia y de poner algo nuevo en circulación. Así se empiezan los maitines y la cosa se prolonga muchas veces hasta las vísperas. Muchos no vendrían si no les empujara la codicia y no se diera el dinero en el coro; si no fuera así, pasarían muchos años sin pisar la iglesia. Para alguno sería mejor, ciertamente, y más provechoso, quedarse todo el año en casa e instalar en otro sitio su banquito de chismorreo y su mercado de gansos, que querer aburrirse en la iglesia y molestar a otros muchos más. Lo que alguno no sabe realizar, en la iglesia lo pregona con jactancia: como equipa la nave y la barca y trae muchas novedades, y pone gran esfuerzo y serios ademanes, para que el barco no se detenga; gustaría de ir a pasear, para poder engrasar bien el carro. Pero no me atrevo a hablar aquí en letra impresa de aquellos que sólo echan una mirada al coro, para hacer acto de presencia, y vuelven a encontrar rápidamente la puerta. Devota y excelente oración es hacer semejantes cosas, y bien se merecen prebendas cuando al Roraffe se bosteza.

Ilustración: Cinco clérigos están junto a una carretera y en las proximidades del barco de los necios, presto a partir.

viernes, 21 de marzo de 2008

Honra a tu padre y a tu madre

Honra siempre a tu padre y a tu madre, para que Dios te conceda larga vida y no sufras tú mismo la deshonra.

Un necio es quien da a sus hijos aquello con lo que hace vivir sus días, confinado en su ilusión de que no lo abandonarán, sino que lo ayudarán también cuando lo necesite. A éste se le desea todos los días la muerte y se convierte muy pronto en una carga para sus hijos, en un huésped indeseable. Pero le sucede casi lo merecido, pues, en verdad, ha razonado muy mal al dejarse adular con palabras: ¡hay que molerlo a palos!
Pero no vive mucho tiempo en la tierra quien a su padre y a su madre no tiene en la debida estima; en medio de las tinieblas se extingue la luz de quien no honra a su padre y a su madre. Por su padre sufrió infortunios Absalón siendo aún joven. Del mismo modo fue maldecido Cam, por haber desnudado las vergüenzas de su padre; Baltasar no tuvo mucha dicha por hacer a su padre pedazos. También Senaquerib murió a manos de sus hijos, aunque ninguno de estos heredó el reino; Tobías enseñó a su hijo que honrara a su madre; y por ello el rey Salomón se levantó del trono ante su madre; como hizo Coriolano, el buen hijo; a los hijos de Recab los alabó el propio Dios por cumplir el mandato de su padre. “Quien quiera vivir”, dice Dios nuestro Señor, “honre a su padre y a su madre, y así vivirá muchos años y conseguirá grandes riquezas”.

Ilustración: Un necio viejo, de larga barba y porte aún distinguido, va a entregar una bolsa con su dinero a su hijo y a su hija, que parecen a punto de darle con sendos garrotes.

lunes, 17 de marzo de 2008

Del necio trueque

Quien su mula da por una gaita, no disfruta de su trueque, y a menudo tiene que caminar cuando desaría cabalgar.

Más gran fatiga tiene el necio para que su alma vaya al infierno, que la que nunca tuvo ermitaño alguno, en pleno desierto y lugar solitario, para servir a Dios con ayunos y oraciones. Se ve qué trabajos trae consigo el orgullo, cómo la gente se acicala, se maquilla, se ata y se anuda, sufriendo grandes angosturas de variadas formas. La codicia lleva a muchos a ir allende los mares, entre tempestades, lluvia, nieve, a Noruega y a Laponia. Ni calma ni reposo tienen los galanes; los jugadres sufren infortunios, y mucho más el salteador de caminos, que osa cabalgar a donde se juega el cuello. Del juerguista prefiero callar, que está todo el tiempo ahíto hasta el corazón, aunque el sufrimiento le abruma y el dolor secreto; los tiempos de los celosos no son los mejores: temen encontrar a otro pardillo en su nido; la envidia les roe sus propios miembros. Nadie quiere sufrir penalidades por la gloria de Dios, ni contempla con paciencia su alma, como Noé, Job y Daniel. Muchos son aquellos a los que place el mal, y muy pocos los que eligen el bien. El bien ha de elegir el sabio, que el mal ya viene cada día por sí mismo. Quien el reino de los cielos cambia por unas boñigas, un necio es y lo sigue siendo; no obtendrá provecho del truque quien dé lo eterno por lo perecedero. Para decirlo en una palabra; da un asno por una gaita.

Ilustración: Un necio lleva por la brida un mulo ricamente ataviado, y se lo cambia a un joven por una gaita.

domingo, 16 de marzo de 2008

De las plagas y castigos de Dios

Quien piensa que Dios no castiga en demasía, al enviarnos en ocasiones sus plagas, le espera la próxima a menos de un cuarto de milla.

Un necio es quien tiene por gran maravilla que Dios nuestro Señor castigue ahora al mundo y le envíe plaga tras plaga, aunque sean muchos los cristianos, y entre éstos haya muchos clérigos que en todo tiempo, y sin cesar, están en ayuno y oración. Pero oye: no es gran maravilla, pues no encontrarás estamento alguno en el que no haya encontrado hoy la ponzoña, en el que no reine la degradación y la degeneración. Sobre esto dijo el sabio: "Si tú destruyes lo que yo edifico no nos quedará a ambos más que la aflicción y que nuestra fatiga ha sido ociosa". Así habla además el Señor, con ira: "Si no guardáis mis mandamientos, os enviaré plagas y muerte, guerra, hambre, peste, carestía de la vida, calor, heladas, frío, granizo y rayos, y los multiplicaré de día en día y no escucharé plegarias ni lamentos; así me lo pidieron Moisés y Samuel, tan enemigo soy del alma que no desiste del pecado, que ha de recibir su castigo, pues ¡Dios soy yo!".
Se veía ya en el reino judío que lo perdieron por su pecado; que muy a menudo los expulsó Dios de la Ciudad Santa por sus faltas. Los cristianos también lo perdieron, al hacerse merecedores de la cólera de Dios. Mi miedo es que nuestra pérdida sea aún mayor y que nos vaya todavía peor.

Ilustración: En el cielo están representados Moisés y Samuel en actitud oratoria. Bajo ellos cae sobre un necio suplicante una lluvia de ranas y langostas.

sábado, 15 de marzo de 2008

Del blasfemar

Quien blasfema contra Dios con maldiciones y juramentos, con oprobio vive y honra muera. ¡Ay de aquel también que no lo impide!

Los más grandes necios también conozco, y no sé cómo se les podría llamar, que no se contentan con todos los pecados y con ser hijos del demonio; tienen que mostrar públicamnte que están llenos de odio conta Dios y le han declarado la guerra a muerte. El uno echa en cara a Dios su impotencia, el otro su martirio, su bazo, su cerebro, su asadura y el riñón. A quien ahora sabe juramentos inauditos, que van en contra de todo lo que es honesto y de ley, se le tiene por un tipo valiente. Ha de llevar una lanza y una ballesta, atreverse él sólo contra cuatro y ser intrépido con la botella. Horribles juramentos se lanzan bebiendo vino o aunque esté en juego poco dinero; no sería extraño que Dios, ante tales injurias, hiciera hundirse el mundo o que el cielo se desplomara en mil pedazos, tan graves son las blasfemias y los denuestos contra el Señor. Toda honradez, por desdicha, ha muerto, y con la ley no se persiguen estos desmanes; así padecemos tantas calamidades y castigos, pues se ultraja ahora tan públicamente, que todo el mundo lo advierte, oye y ve; no hay por qué admirarse de que Dios imparta la justicia por sí mismo, pues no puede soportarlo mucho más tiempo. Él ordenó lapidar a los hijos de los israelitas. Senaquerib insultó a Dios y fue castigado con oprobio y vergüenza. Lincaón y Mencenio sufrieron lo mismo, al igual que Antíoco.

Ilustración: Un necio pretende pinchar a Crsito en la cruz con una lanza de tres puntas. Al pie de la cruz, una calavera y huesos.

viernes, 14 de marzo de 2008

Del desprecio de Dios

A quien cree que Dios no le va a castigar porque Él acostumbra esperar, le fulmina a menudo el rayo antes de declinar el día.

Un necio es quien desprecia a Dios y noche y día le contradice, pensando que Él es como los hombres, que calla y deja que de Él se burlen. Pues muchos tienen por seguro que, si el rayo no les incendia al punto la casa y los fulmina cuando cometen su fechoría, o no mueren pronto, no tienen por qué seguir temiendo, pues Dios se ha olvidado de ellos y esperará aún muchos años y hasta puede que les recompense por su acción. Así ofende a Dios más de un necio que persevera en su pecado; dado que Dios a veces no se ocupa de ellos, dan en la idea de tirarle de la barba, como si quisieran bromear con Él y Dios hubiera de soportarlo.
¡Escucha insensato! ¡Se sabio, necio! ¡No confíes en tales aplazamientos de tu deuda! Gran suplicio, en verdad, padece el que cae en manos de Dios; pues, aunque tenga contigo indulgencia mucho tiempo, se te pasarán cumplidamente las cuentas de la espera. A muchos permite pecar Dios nuestro Señor para castigarlos después con mayor severidad y para que le paguen todo de un golpe: se dice que eso deja limpia la bolsa. A algunos que mueren en pecado venial, Dios les concede la gracia de llevárselos a tiempo de este mundo, para que no se echen muchos pecados a sus espaldas y ello redunde en mayor prejuicio para la salvación de su alma. Dios ha prometido a todos los arrepentidos su perdón y misericordia. Mas nunca prometió a ninguno que le dejaría vivir hasta que se arrepintiera y corrigiera o asumiera el propósito de la enmienda. A menudo concede Dios su gracia hoy a algunos, pero mañana ya no quiere otorgársela. Ezequías consiguió de Dios no morir a llegar su día, y vivió aún quince años; por el contrario, a Baltasar le llegó su final antes de tiempo a causa de sus pecados. La mano que le apartó de todos los placeres fue la que escribió mené, tequel, ufarsin; era demasiado ligero para el buen peso, por lo que se le privó de su luz; y no reparó en que su padre había sido castigado por Dios muchos años antes y se había corregido y había hecho penitencia, por lo que el Señor lo escuchó, y no murió en forma de bestia, sino que por su arrepentimiento consiguió la Gracia y el tiempo para la expiación.
A cada mortal se le ha fijado un tiempo de vida y el número de sus pecados, nada más; por ello, nadie se apresure a pecar, que quien mucho peca, pronto llega a la meta. Muchos han muerto ahora en este año: si se hubieran enmendado antes y hubieran girado a tiempo su reloj de arena, ésta no se habría consumido, y, sin duda, seguirían viviendo aún en este día.

Ilustración: Cristo, con corona en forma de rayos y el globo imperial en una mano, camina descalzo por el campo. Un necio le tira de la barba. El cielo se abre y caen sobre el necio truenos y granizo (cuñas y piedras).